
Pet Yei Chi es el nombre camboyano de la Prefectura Católica de Battambang, una isla de paz en medio de una ciudad que aún conserva parte del encanto urbanístico de su pasado de colonia francesa, un lugar que tiene como banda sonora el ruido de las motos siempre transitando las calles y el barullo infinito de un mercado abigarrado y caluroso que se refresca cada tarde de esta época con las tormentas tropicales.
Allí, en un lugar que fue Tailandia y ahora es Camboya, que fue ocupado por los khemer rojos en los tiempos del terrible genocidio, que unos y otros minaron para desgracia de todos, vive Kike Figaredo, el jesuita gijonés que el próximo año recibira el premio de Amurabela de Cudillero.
Es el obispo, por así decir, de una provincia camboyana en la que el porcentaje de población cristiana es minúsculo -un 1%- pero en el que la labor social de la Iglesia se deja notar de la mano de este gijonés que hace ocho años llegó a la región con su cargo recién estrenado y un nutrido currículo de trabajos en favor de los más desfavorecidos del sudeste asiático.
(Con la colaboración del Comercio)

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